lunes, 5 de diciembre de 2016

They all look like me.

Pienso que todos tenemos nuestros propios demonios. Algunos son temporales, otros nos acompañan toda la vida. Algunos llevan nombre y apellido, otros son producto de las trabas que nosotros mismos nos ponemos.
Hace ocho meses conocí a un demonio temporal. Apenas me vio, juró que jamás le iba a ganar. Me declaró la guerra y era una aficionada de la vanguardia. Pero yo siempre me quedé en retaguardia, escondida. Y de a poco, le demostré que mientras él usaba armas de avanzada y estrategias que planificaba con suma precaución, yo tenía las armas en mí. No necesitaba de nada más. Y cada vez que salía a atacar, me gritaba, y me pedía que volviera a esconderme, porque nunca lo derrotaría. Como si yo no hubiese pensado todas mis estrategias desde hace años. Tardó en darse cuenta que yo no necesitaba entrenamiento, que ya estaba lista para luchar desde el principio. Entonces empezó a disparar. Sus balas traspasaron mi piel y me hicieron sangrar hasta sentirme morir. Pero las heridas siempre sanaron y la guerra continuó. Me ganaba algunas batallas, pero después lo sorprendí y salía victoriosa yo. Hoy, levantó la bandera blanca. Me dio la mano mientras yo miraba hacia abajo, un poco confundida y llena de humillación. Y con la cabeza baja observé mi cuerpo y noté que mis pies estaban intactos, que mis rodillas todavía me sostenían, que mi torso podía quedarse derecho, y que mi boca podía sonreír. La guerra había terminado, y lo más triste es que quedamos en empate. Cero a cero, porque nadie gana la guerra, a menos que no luches.

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