viernes, 9 de septiembre de 2016

Estás en tu mejor momento, me dijo.

Tengo grabada en la cabeza una escena de una película que no existe. Hay alguien en un colectivo, de noche. Se ve la ciudad de Buenos Aires con las luces encendidas. El protagonista mira por la ventana mientras piensa en lo que le pasó durante el día. Lleva una mochila semi-vacía y se viste como cualquier otra persona. Es una situación que siempre me había parecido ajena. Siempre creí que esas cosas le pasaban a la gente grande con problemas que no se pueden solucionar. Pero hoy, mientras el colectivo en el que llevo sentada apenas unos quince minutos cruza una avenida que todos conocemos, pienso que tal vez mi vida es un poco como esa película que inventé. Tal vez ser grande no quiere decir que tengas que tener problemas sin solución. Tal vez conocer la ciudad de noche, transitarla sola y sin miedo de los monstruos callejeros. Tal vez las películas son solo situaciones caricaturizadas para hacernos sentir que nuestras vidas no son lo suficientemente increíbles. Tal vez, la vida real es incluso mejor que el cine, porque la puedo vivir. Porque no tengo un guión y porque todo se vive una sola vez, sin pausas, y sin poder volver a ver ese minuto que nos perdimos.