jueves, 21 de enero de 2016

A veces la única solución es llorar. A veces lloro y me dicen que estoy llorando por una tontería, que tengo que hacerme grande y dejar de exagerar. A mí me parece que los grandes también pueden y deben llorar por cosas chiquitas, que no precisamente son tonterías. Las lágrimas, al contrario de lo que dicen por ahí, son fuertes. Son las únicas capaces de defendernos en esas situaciones en las que somos demasiado frágiles como para enfrentar al mundo solos. Las lágrimas nos acompañan. Cuando no tenemos fuerzas para decir que estamos tristes, le avisamos al mundo llorando. Cuando estamos demasiado felices y las palabras no pueden salir, las lágrimas hablan por nosotros. Cuando no hay nadie con quien compartir nuestras emociones, el llanto viene a acompañarnos.
Hay situaciones que están fuera de todo lo que podemos manejar. Es en esos momentos que lloramos. Porque hace bien. Porque nada es tan frágil como una persona que llora, que siente todo hasta lo más profundo de su alma y lo libera, porque ya no entra nada más en su cuerpo. Y cuanto más fuertes somos, más lágrimas nos tragamos. Hasta que un día, por la "tontería" más tonta, lloramos. Nadie entiende por qué. Nadie nos viene a consolar. Pero nosotros, los fuertes, sabemos exactamente por qué lloramos. Lloramos porque perdimos a alguien hace meses. Lloramos porque las cosas hace años que nos salen mal. Lloramos porque lo que creímos que sería de cierto modo, resultó ser algo que no esperábamos. Lloramos por todo lo que nos viene pasando, por las tonterías y no tanto. Lloramos como último recurso. Lloramos porque todos necesitamos que alguien nos salve.

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