sábado, 19 de diciembre de 2015

This the season to be sad.

Son las doce. Al fin. Después de comer muchas trufas y variadas comidas frías que saben igual, ya son las doce. Tengo una copa de champagne en una mano y mi celular en la otra. Estoy praparadísima. En cuanto la tele anuncia que ya es 25 de diciembre, envío el mensaje a mi grupo de amigos y con la otra mano brindo con quien esté más cerca. Sonrío y digo "gracias, igualmente" a todos los que me desean una feliz Navidad. Primero saludo a mi hermana, las dos nos sonreímos aunque ninguna de las dos esté realmente contenta o emocionada. Siguen mis tías que no son tías, que seguramente me hagan algún chiste tonto que ya no me divierte, pero me río igual. Después está mi mamá, que me da un beso chiquito y me deja una mancha de labial en el cachete; yo le doy un abrazo cortito y no le digo nada, porque es mi mamá y lo sabe todo. Luego les digo feliz Navidad a mis primos que no son primos, y a sus papás que no son mis tíos. Todos nos sonreímos, hay algunos abrazos cordiales y nadie dice demasiado. En la punta de la mesa siempre está mi papá, que me abraza muy fuerte, me da un beso en la frente y me dice "feliz Navidad, negrita", yo sonrío y voy a darle un beso a mi abuelo, que no sabe muy bien qué está pasando, pero me desea un feliz año nuevo y brindamos.
¿Ya podemos abrir los regalos?, pregunta alguna de mis tías que no son tías, y mi mamá dice que hay que esperar, porque Papá Noel no llega tan rápido. Mi primo que no es primo dice que Papá Noel no existe, y yo le digo que sí. Mi tía que no es tía dice que ella ya vio regalos porque estaban ahí desde que llego, porque en mi casa los regalos se ponen desde marzo y ahí quedan. Mi papá grita desde al lado del árbol que ya llegó y dejó regalos. Vamos todos con una falsa emoción y expectativa, aunque sabemos exactamente lo que nos compraron.
Me siento en la escalera, para tener un lugar donde poner los paquetes y abrirlos tranquila, y porque si me voy al sillón me van a pedir que muestre todo, y no quiero. Mis papás entregan los regalos según los carteles. Mi hermana y yo les damos los regalos a ellos, e intercambiamos regalos entre nosotras. Aunque sabemos perfectamente qué nos compramos, excepto por alguna sorpresa ocasional. Y me vuelvo a la escalera, a revisar lo que recibí, decidir qué cosas voy a cambiar y cuáles quiero empezar a usar. La mamá de mis primos que no son primos me pregunta qué me regalaron y le muestro, porque en el fondo me gusta mostrarlos. De a poco, sin que me dé cuenta, todos vuelven a la cocina. Comen ensalada de frutas y unos turrones espantosos que no quiero. Mi primo que no es primo y mi hermana se van a ver una película nada navideña que ya se saben de memoria. Mi papá desaparece con su primo que sí es primo, porque a él tampoco le gusta la Navidad. El resto está en la cocina, y se crea este ambiente bastante deprimente que prefiero evitar. Y para evitarlo me quedo en mi lugarcito en la escalera, llorando.
No lloro porque no me gustan los regalos. Lloro porque no los necesito. No los quiero. Todo lo que quiero es completamente intangible o imposible de comprar. Lloro porque ahora tengo este montón de cosas que no sé dónde guardar. Lloro porque en la cocina hay un ambiente deprimente que prefiero evitar. Lloro porque podría ir a festejar con mis amigos, pero no quiero relacionarlos con un día tan horrible. Lloro porque a nadie le importa que esté llorando. Lloro porque a nadie le gusta la Navidad e igual sonríen, y temo que hagan lo mismo con sus vidas. Lloro porque ya no hay magia. Lloro porque ya no creo en nada. Lloro porque me doy cuenta que todo se terminó. Lloro porque tengo todo lo que tengo y no me gusta y lo quiero cambiar y hay gente que no tiene nada. Lloro porque odio llorar en un momento que debería ser alegre. Lloro porque sé que, si pudiera, mi papá también lloraría. Lloro porque sé que no todos son felices. Lloro porque no sé si yo soy feliz. Lloro porque cada uno está en su mundo. Lloro porque nadie llora. Lloro porque nadie quiere estar conmigo en su mundo, ni en el mío. Lloro porque odio Navidad. Lloro porque dentro de poco me tengo que sacar mi vestido y mi labial rojo y ponerme el pijama para despertarme al día siguiente llena de cosas que ya no son nuevas, y papeles que son demasiado lindos como para tirarlos, pero demasiado papeles como para hacer algo con ellos. Lloro porque, para mí, Navidad es el fin de algo y no sé de qué.

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