domingo, 9 de marzo de 2014

3 meses. Una eternidad en tiempo de sueños.

Fueron solo tres meses pero me animo a decir que fueron los mejores tres meses de mi vida. No porque hayan sido completamente felices ni nada remotamente parecido. Fueron meses en los que me sentí triste, feliz, desorientada, sola, realizada, esperanzada, entre muchas otras cosas que no sé describir usando solo palabras.
Al principio me sentía un poco frustrada porque no iría a ningún lugar emocionante, ni tendría demasiadas salidas porque todas las personas con las que me gusta salir se iban. pero, al final, ser una loca de la computadora que no sale de su cuarto trajo cosas buenas.
Todo empezó un 15 de enero (no los tres meses, si no la época buena). Era una tarde normal y no esperaba que sucediera nada del otro mundo. A la noche me juntaría con unos amigos, hablaríamos sobre cosas que no tienen importancia, y después volvería a mi casa contenta por haber pasado una linda noche. Durante esa tarde no se me cruzó por la cabeza que ese podía ser el día en que mi vida cambiaría. Ya me había pintado las uñas y arreglado el pelo (a pesar de que faltaba mucho para irme) cuando empecé a enviar mensajes por internet. Toda mi vida creí que esos mensajes que enviaba se quedaban ahí, sin que el destinatario los leyera. Sin embargo, al poco tiempo ocurrió un milagro y mi vida dio un giro de 222º. De pronto, todas las voces que me dijeron "Ella no sabe que existís", "Nunca la vas a conocer", "¿Pero qué es lo que te gusta?", "A los 15 año no te va a gustar más", entre otro tipo de mentiras, se desvanecieron y solo quedamos ella y yo en este universo. Porque fue ese momento en el que supo que yo existo y que la amo como nunca nadie me amó.
Podría haber terminado ahí la felicidad. Pero no. Porque ella se encargó de hacer mi vida un poco más fantástica de lo que ya era. Al tiempo me habló. Hablamos y le dije cosas que nadie sabe que le dije y ella me contestó cosas que nadie sabe que me contestó. Y mi mundo giraba cada vez más rápido, porque ahora no solo sabe de mi existencia, sino que también sabe todo lo que hizo por mí sin darse cuenta.
Y después me habló otra vez y me dijo que la había hecho reír. ¡Y no se imagina cómo me hizo llorar de felicidad! Porque fui motivo de su sonrisa, y eso me hace más feliz que cualquier otra cosa en el universo.
Por eso, si bien no estoy a favor de tener que volver a la rutina y al colegio y al uniforme y a otras cosas horribles que implican los años escolares, estoy feliz de haber tenido las vacaciones que tuve. Estoy feliz de que en solo tres meses haya cumplido sueños que llevo conmigo hace años, y que todo el mundo me negó incontables veces que se haría realidad.
Una vez más me doy cuenta que mi positivismo y fe en mis sueños sí da resultado. Ya no me importa cuánto tenga que esperar para cumplir mis sueños, porque sé que el resultado vale la pena toda espera y esfuerzo.

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