domingo, 15 de julio de 2012

París del '89.

Éramos jóvenes y no sabíamos lo que pasaba. Todo lo que ocurría era un gran suceso. Los besos no llevaban a un espacio diferente y las caricias eran el motor de arranque perfecto para una gran historia que contaríamos entre risas y miradas pícaras. Las sonrisas se extendían en el tiempo y pasábamos días enteros sin conocer la depresión. Gastábamos nuestras tardes entre cigarrillos que hoy son sólo cenizas. Estábamos noches enteras hablando entre tragos derramados que no volverán a beberse. La Torre Eiffel, tan jóven como nosotros, nos miraba pasar cada madrugada, cómplice de nuestras aventuras...

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